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Puebla: Rituales y diversidad cultural

 

 

Aperitivo

Una de las principales características de las ciudades es la multiplicidad de actores, prácticas, relaciones y tradiciones socioculturales que conviven en un mismo espacio social. Pensar en el espacio urbano a partir de su dimensión arquitectónica o infraestructural es reducir la temática de la ciudad a un plano objetual. Las ciudades no son semáforos, edificios, ambulancias, grandes avenidas, plazas comerciales o conjuntos habitacionales; las ciudades son sus habitantes y sus diversas formas de caminar, percibir, vivir, trabajar y organizarse; las ciudades son los ciudadanos y sus rituales, tradiciones, relaciones y prácticas sociales.

Si bien la diversidad sociocultural es el referente que define a los espacios urbanos, también es posible identificar ciertas dinámicas que caracterizan a las ciudades. En el caso de ciudades medias latinoamericanas en proceso de metropolización, como Puebla, es posible rescatar prácticas que le dan sentido a la ciudad, y paralelamente posibilitan procesos de constitución identitaria entre sus habitantes, de modo que se consolidan patrones socioculturales que permiten hablar de lo poblano como un modo particular de entender, ser y estar en el espacio urbano.

Las dinámicas particulares de cada ciudad les otorgan un sentido único e irrepetible. Hay ciudades cuyas prácticas y relaciones están directamente relacionadas con una actividad específica, o un ámbito sociocultural, productivo, económico, social particular. Existen ciudades que giran en torno al turismo (Cancún, Acapulco, San Miguel de Allende, etc.), a la obtención de un producto (las fresas en Irapuato, la plata en Taxco, la cajeta en Celaya, entre otras); hay espacios urbanos donde los tiempos están delimitados por una fábrica, por la estación del tren, por los tiempos de la cosecha… en fin, es posible identificar ciertos aspectos que le otorgan a las ciudades una serie de peculiaridades subsistentes aún en la diversidad cultural.

 

Entrada

A grandes rasgos, un ritual es un dispositivo sociocultural que los grupos humanos desarrollan a fin de establecer o restablecer aspectos de su vida en colectividad. Es posible afirmar que existen diversos tipos de rituales y que cada grupo social desarrolla sus propios dispositivos rituales a fin de constituir su experiencia cultural dentro de un marco de prácticas que le dan sentido a los ciclos de experiencia vital social.

Como animal social, la vida del ser humano está delimitada a partir patrones de sociabilidad: a lo largo de la experiencia social, nos insertamos en diversas esferas sociales en las que adoptamos los patrones propios de la estructura en la que nos incorporamos: nuestra familia, la escuela, la iglesia, el trabajo, entre otras. Cabe señalar que cada uno de estos ámbitos de sociabilidad está delimitado por una serie de prácticas ritualizadas que establecen ciclos sociales en los que consolidamos nuestros roles y funciones en la estructura social. Así, es posible hablar de prácticas rituales religiosas, cívicas, políticas, económicas, artísticas, mediáticas, académicas, sexuales, familiares, entre otros múltiples campos de sociabilidad.

 La vida del ser humano está determinada por ciclos rituales en diferentes niveles; al mismo tiempo las ciudades también se ritualizan. Es decir, existen prácticas rituales comunes que le dan esencia particular a los espacios urbanos en distintos ámbitos. En el caso de la ciudad de Puebla, hay prácticas rituales que hablan de la poblanidad: el desfile del 5 de Mayo es por mucho, El ritual poblano en el que se condensan la identidad, historia, tradición y convivencia de la ciudadanía poblana. El Viacrucis y el grito de independencia son otras prácticas rituales que hablan del ser y estar en Puebla, pero en relación con otros aspectos sociales como la política o la religión. De esta manera, resulta evidente que la vida social del ser humano se explica en función de la concatenación de acciones rituales que explican la vida en colectividad.

Algunos enfoques microsociológicos argumentan que los seres humanos nos relacionamos a través de “microrituales”: bañarse es una secuencia estereotipada de la higiene, “echar novio”, vestirse, maquillarse… son prácticas que realizamos de manera secuencial y responden a contextos sociales a los cuales les otorgamos sentidos propios. Otro ámbito que habla de lo ritual, lo identitario, lo histórico, y a grandes rasgos, de lo social, es la comida.

El comer es uno de los actos primigenios de supervivencia más ritualizado y simbolizado para el ser humano. Comer es socializar, adoptar carácteres sociales, entablar historia e identidad. Es una manera de estar con el otro, es un lenguaje implícito simbolizado en términos de ingredientes, sabores, texturas, cocciones. Los seres humanos comemos cultura, y así como establecemos relaciones sociales a través del comer, también establecemos patrones de identificación; de esta manera, las ciudades también se revisten de la comida para crear particularidades históricas. La Puebla-ciudad gastronómica puede ser representada desde el acto ritual del comer, del preparar la comida, del saberse poblano por la comida.

 

Plato fuerte

Sin duda, la comida poblana ha aportado en gran medida al capital con el que goza la gastronomía mexicana, así como su reconocimiento a nivel mundial. Desde la fundación de la ciudad, la producción gastronómica ha reflejado la diversidad de tradiciones sociales conviviendo en un mismo espacio urbano. El fenómeno de la comida poblana se constituye por la incorporación de diversos saberes culinarios que se reinterpretan como símbolos que definen patrones de identidad social, así como la producción de un sistema de saberes estructurados en cuanto a los procedimientos, ingredientes e incluso las cantidades que cada platillo conlleva.

 A nivel de la práctica ritual, habría que pensar en aquellas familias extensas de tradición poblana que cada año se reúne para preparar chiles en nogada. Eventos que se derivan en todo un hecho social en el que se reestructuran los roles de parentesco así como los papeles sociales de los géneros, las edades, los capitales sociales, la convivencia, los conflictos; entre otros elementos a considerar para hablar de las prácticas ritualizadas. El hablar de cemitas en Puebla implica un nivel de significación distinto al que se le otorga a otros alimentos, así como hablar de los camotes, las pasitas, las tortitas de Santa Clara o los tacos árabes, que son alimentos-símbolo que condensan ciertos elementos de identidad a los habitantes de la ciudad de Puebla, aún en el marco de la diversidad cultural.

A nivel de microrituales, la noción de gusto adquirido permite hablar de aquellas prácticas y percepciones a nivel de la experiencia corporal individual, al mismo tiempo que expresan un conocimiento colectivo intrínseco a la percepción colectiva del gusto, es decir, los sabores y la definición social genérica de los sentidos (olores femeninos y masculinos, por ejemplo). ¿Qué saber sociocultural específico es socializado y a través de qué mecanismos es que el gusto se colectiviza? ¿Qué hace que los poblanos asuman que se les antojan unas chalupas, una cemita, un chile relleno en época de navidad, o una hojaldra para día de muertos? El gusto adquirido de la comida es un modo de identificar aspectos no sólo identitarios dentro de las sociedades actuales, también permite hacer referencia a las prácticas rituales y a saberes sociales que se transmiten y que se aprehenden a nivel corpóreo. Caso excepcional de este aprendizaje con el cuerpo (savoir faire) es el caso de la sazón: aquel saber de sólo algunos agentes sociales que potencializan su experiencia social a través de la comida.

 

Postre

Hablar de la ciudad de Puebla en relación con su tradición gastronómica permite reflexionar en diversos aspectos. La diversidad de platillos, la múltiple oferta gastronómica, la interrelación entre la comida y la historia de la ciudad, así como del constante proceso de reinterpretación de los saberes gastronómicos incorporados de distintas tradiciones culinarias.

El abanico culinario que ofrece Puebla es rico, diverso, multicolor; es un reflejo de los diversos modos de entender la ciudad y de vivirla. Comer no sólo es la satisfacción directa de la necesidad orgánica de obtener energía; comer es relacionarse con el medio y establecer relaciones con otros sujetos y al mismo tiempo generar conocimientos comunes. Comer es reproducir un sistema de conocimientos inscritos en la tradición y el cuerpo.

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