Lenguaje frente a tus ojos



Vivimos inmersos en una cultura que cada día nos habla menos de la vida. Basta con abrir los ojos cada mañana y entrar en un ritmo donde el tiempo no alcanza, donde el 90% de lo perceptible con la mirada son cosas hechas por la mano del hombre, desechables. Éstas poco nos centran en el verdadero sentido de quienes somos y sin embargo se han convertido en las luchas cotidianas y las únicas metas a alcanzar.


En nuestros días, la tecnología y los medios de comunicación se han convertido los principales maestros de niños, jóvenes y adultos. Poco a poco han ido introduciendo al hombre en una batalla competitiva e individualista, deformando la auto comprensión como persona para lanzarnos en una búsqueda interminable del propio valor en el tener y ya no más en el ser, sumergiendo al hombre en un dinamismo consumista y de descarte donde lo importante no es quién se es sino quien se debe llegar a ser; separado el espíritu del cuerpo y distorsionando verdades fundamentales como la dignidad, el amor y el ser, reduciendo a su mínima expresión la trascendencia del ser humano en el mundo en el que se vive y para la eternidad.


Toda la creación tiene un lenguaje implícito que nos pone en contacto con el gran misterio que es Dios, revela realidades invisibles las cuales nos conducen hacia el verdadero sentido de la existencia. La fragmentación cultural sufrida por el hombre en su cuerpo espiritual a través del tiempo, ha deformado el mensaje que puede transmitir la majestuosidad de un atardecer o la grandeza de una montaña, la delicadeza de una flor o la suavidad del aroma que despide la tierra cuando llueve, la fortaleza de un árbol o la fragilidad de un pajarillo, la tranquilidad entregada por el día o la sensación de vulnerabilidad dada por la noche, el significado de mi propio cuerpo o el llamado al mirar al otro; hemos hecho del cuerpo y el espíritu trajes para la ocasión, los cuales no pueden usarse juntos, sin embargo eso no es nuestra naturaleza. “El espíritu y la materia no son dos naturalezas distintas, sino que su unión constituye una única naturaleza”[1]. Hemos separado la razón del corazón, lo humano de lo divino, la fe de la ciencia y no puede existir contradicción entre ellas ya que la verdad sólo es una.




No se puede entender el valor de la persona (dignidad) sin saber quién soy y este autoconocimiento no se puede separar de la comprensión y experiencia que se tiene del amor. “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente…”[2] ya que el amor es el origen de cada ser humano, el sentido de la existencia y su destino final.


“¿Qué es el amor? Es la entrega libre del corazón”[3] ¿Qué es el corazón? “A través del corazón podemos penetrar todo nuestro ser, lo más profundo y genuino de cada persona. Si conocemos y tocamos el corazón de una persona, llegamos a su centro, a lo más íntimo. A todo lo que se expresa como persona única e irrepetible en su yo íntimo y, al mismo tiempo, en su trascendencia..."[4]


Por lo tanto, al hablar del Amor como el origen de cada persona humana, ponemos ante nosotros la Entrega Libre del Ser más profundo, genuino e íntimo de Dios al hombre y el significado literal del ser “creado a imagen y semejanza suya…” y aunque la razón y el corazón no tienen la capacidad de abarcar lo que esto es, la fe coloca en el centro mismo nuestra propia identidad, el valor y la trascendencia de mí mismo y de cada persona.


Todo hombre experimenta en su corazón un anhelo de felicidad que sólo podrá alcanzar en la medida en que descubra y viva el amor. La imagen de felicidad en el mundo de hoy es un concepto completamente erróneo de entretenimiento, diversión, placer momentáneo, satisfacción pasajera y la comodidad del mínimo esfuerzo entre muchas otras cosas, las cuales nos conducen a una dirección completamente opuesta al sentido de nuestra existencia y aunque son emociones no podemos clasificar como malas o no podemos dejar de sentir por ser cuerpos que todo lo perciben a través de los sentidos. Si abrimos la puerta a la confusión de pretender que en ello se saciará ese anhelo profundo de ser feliz, estaremos tomando un camino vacío imposible de saciar, ya que todo esto atenta con la identidad más profunda del ser persona.


El verdadero significado que expresan nuestros cuerpos es el amor, en el origen de la persona llamada a la existencia desde el Amor está constituida la verdadera dignidad e identidad de cada ser humano. En la dignidad e identidad podremos encontrar el sentido real de nuestras vidas. Cada cuerpo exterioriza ese llamado a dar y recibir amor, a amar como Dios ama y ser comunión como Él mismo lo es, desde un amor que contiene en sí mismo la fidelidad, la totalidad, la libertad y la fecundidad en completa apertura de corazón y con mirada puesta en la esperanza de una invitación a la eternidad en la plenitud del Amor.


Juan Pablo II nos introduce en sus catequesis sobre La Teología del Cuerpo en lo que él llama una antropología adecuada donde podemos encontrar las respuestas a las preguntas existenciales del hombre que encuentran su culmen en la persona de Cristo: Dios mismo hecho Hombre y dando plenitud al hombre, restableciendo el orden del “principio” en ese diseño pensado por Dios para cada persona e impreso en lo más profundo de su corazón.



[1] CIC 364


[2] Juan Pablo II, Redemptor Hominis 10


[3] Youcat 402


[4] Juan Pablo II, Mensaje Vancouver, 1984




Teóloga Marianne Flores de la Fuente

Colaboradora en Amor Seguro, A.C.




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