April 6, 2018

March 29, 2018

March 26, 2018

Please reload

Entradas recientes

iMéxico

Es curioso cómo ciertas situaciones tan “comunes” de la vida diaria, como lo es una simple lluvia, se puedan conjugar con detalles triviales como la necesidad de mentirme diariamente con aquel cuento de hadas en el cual me convenzo de que caminando un par de calles me mantendré en forma, tendré la misma condición física y el cuerpo de cuando era un estudiante de secundaria que realizaba tiros de tres puntos en los segundos finales de los partidos de básquetbol y ganaba dramáticos partidos.

 

Hoy, quince años después, otra época y con un dolor regular en el cuello, me encuentro en la temporada de lluvias, esa misma que obliga a las nubes a seguirme y atacar sin misericordia con sus aguerridas gotas de agua y que, a pesar de lo mucho que luche, siempre termino en la misma barricada: el pequeño y feo desayunador cercano a la oficina. No tiene nada de maravilloso: siete mesas con cuatro sillas, todas de madera y pintadas con ese color verde chocoreta vieja, sin duda es un sitio vulgar, ruidoso y con ese tono hipster tan presente hoy en día por todas partes, bueno, no seamos injustos, hoy en día ya todo es hipster y más lo que nunca quiso serlo. La comida es barata y para nada sana –¡a  todo le ponen tocino!, incluso no me extrañaría que el café también llevara en la preparación algunos trozos. He ahí la razón de que se haya vuelto mi lugar favorito, no les miento, les he dado 5 estrellas en Google Maps.

 

Llegué al lugar y pedí mi nada nutritivo sándwich de tocino, pepperoni, pollo y lechuga (porque en nuestra filosofía millenial de vida, todo lo verde es igual a saludable). Eché una mirada rápido alrededor –no porque me importe sino por costumbre- y noté solo tres mesas ocupadas; significa que es temprano, ya que sin importar el clima este sitio está siempre lleno.  “Lo que no mata engorda”, me dije. Me reí solo de mi broma insulsa y decidí compartirla con la leal y oportuna comunidad de las redes sociales. Metí mi mano en el bolsillo para sacar el celular. Era el momento exacto de nutrir la social media life. Podría empezar con un ingenioso y profundo tweet, después la fotografía casual de mi desayuno, obviamente con una frase espiritual y adornada de los filtros para Instagram; terminaría la productiva mañana prelabores con la cereza del pastel que obvio sería un mini live de Facebook con el cierre de mi gran chiste de “lo que no mata engorda” enseñando el sándwich y tal vez mi crecido abdomen. Con eso habría ganado seguidores y likes hasta para regalar.  Después pondría algo sobre la importancia de ejercitarse o comer mejor ya que no existe reino más responsable, ofensivo, revolucionario, defensor de las minorías, intolerante y religioso que Facebook. 

 

Entonces fue ahí que sentí el rayo pasar por mi espina dorsal, un gran escalofrío que todos alguna vez hemos sentido, ¡mi i7 (RED) edición especial no estaba! No lo encontraba por ninguna parte, ni en el bolsillo derecho, ni en la chaqueta, ni en la mochila, ¡NO ES-TA-BA!  ¿Lo habré tirado al correr de las malditas nubes? Me quedé pensando y me volvió la vida al cuerpo, ¡no!, se quedó cargando en la base ultrafast que Amazon me envió el día anterior. El alivio me hizo recuperar las esperanzas y el hambre. No pasa nada, me espero un rato, que deje de llover y voy a la casa, pido un Uber, aviso por el grupo del trabajo en WhatsApp que tuve una emergencia y llegaré tarde. Todo resuelto.

 

En esa “profunda” meditación me encontraba cuando de la nada apareció ese olor a grosura que solo el tocino puede emitir. Empecé a comer. Es raro, me sentía desnudo y totalmente paranoico sin el celular en las manos, incluso pensé en llevarme la comida e ir a la casa, pero la lluvia no cesaba y no era una situación extrema como para empaparme; cerré los ojos, me llamé loco y seguí masticando. Llegó mi café: negro, sin azúcar y totalmente aguado y quemado (¿cómo demonios conseguían hacerle eso al café?). En eso gasté los próximos cinco minutos de mi vida cuando me di cuenta que el restaurante ya estaba totalmente lleno.

 

Decidí observar a las personas, tal vez con eso me distraería y no seguiría pensando en el aparato, allá, en casa, solo, extrañándome... Fue cuando una cubetada (metafórica) de hielos me dio directo en la cara y en la espalda: el sitio tenía familias, parejas, amigos y conocidos; de hecho, yo era (patético admitirlo), el único cliente que no compartía mesa. Estaba solo, pero los demás también.

 

Hijo, hermanos, sobrinos, amigos, padres, novios, novias, prometidos, concubinos, primos, lacayos, negociantes y demás presentes compartían un desayuno a mi alrededor, pero nadie se veía, todos y cada uno de ellos se encontraban con las cabezas agachadas mirando sus celulares, sus videojuegos, sus tabletas y demás dispositivos tecnológicos. Era un día martes en común como cualquier otro en México, las 08:30 de la mañana y por asares del destino me di cuenta que las vida social está asesinando a la vida social.

 

Hace poco leí una nota que decía que la SEP (Secretaría de Educación Pública) había entregado a los niños de una escuela, en una comunidad indígena, tablets. Todo hasta ahí muy bien pero lo que desconocían los funcionarios es que en dicha comunidad no había Internet para poder activar y descargar los contenidos educativos, ¡vaya, ni siquiera tenían energía eléctrica! Los entrevistados señalaban que lo único solicitado a las autoridades eran libros, cuadernos y lápices para poder seguir aprendiendo y llevar adelante sus estudios. Nunca quisieron tecnología.

 

¿Qué es la tecnología para México? ¿Es tan necesaria en realidad? ¿Por qué aquella necesidad de implementar avances tecnológicos poco funcionales a personas que precisan de otras necesidades y que en realidad no quieren y no necesitan de ella?

 

No quiero que se malentienda ¡yo amo la tecnología!, pero al ver a estas familias incluso me sentía menos solo. Como decía Sócrates “[…] al ser consiente de mi ignorancia me hace más sabio que los demás ignorantes” yo sabía que estaba solo, pero ellos están solos incluso estando acompañados. ¿Por qué no ver a la persona en frente de ti? Adoro mi i7 (RED) edición especial, eso sin dudarlo, pero ¿por qué lo tengo?, es más  ¿Por qué compré mi primer celular hace años? ¿Por moda? ¿Por presumir? No.

 

Lo recuerdo muy bien. Lo compré porque quería escribirme con mi novia de la universidad: una chica muy linda de cabello pelirrojo que me creó la necesidad de escribir mensajes cursis y de decirle de diferentes maneras: “Te quiero”, “Te amo”, “Te extraño”.  Por eso lo compré. No para alejarme de los demás sino para acercarme; al igual que el email, que todas las herramientas tecnológicas y digitales siempre fue ese el objetivo inicial. ¿Qué sucedió?

 

De acuerdo con la más reciente encuesta del INEGI, en el país hay 65.5 millones de personas que utilizan Internet, es decir, 59.5% de la población y de esos 60.6 millones de personas cuentan con smartphones en los que sus principales actividades  son: comunicarse (88.9%), ingresar a contenidos audiovisuales (81.9%) y entretenimiento (80.1).

 

Usos de internet  de acuerdo con el INEGI. Éstas son las finalidades de los internautas a su conexión.

 

 

Entonces hoy en día hay más personas con un celular que personas con pareja o relaciones estables. ¿La tecnología es la que nos está alejando o somos nosotros los que le damos un mal uso? Y más allá, ¿México era un país preparado socialmente para tratar con la ola tecnológica y digital? Un país que siempre se ha glorificado por la unión familiar, la amistad y el apoyo entre las familias, ¿ha perdido el piso en un universo de algoritmos, memes y contenido basura?

 

Ha parado de llover, me levanto de la mesa y pago la cuenta, veo hacia un lado y al otro. ¿Iré al trabajo o seguiré con mi plan inicial para rescatar de la soledad al pequeño dispositivo rojo? Respiro hondo y comienzo a caminar.

 

 

 

Lic. Carlos Alberto Reyes Arroyo

Editor, Community Manager y creador de contenidos. Egresado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

 

Please reload

Please reload

Archivo