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Contamos y compartimos

Cuando llamamos para solicitar cita con el doctor, realizamos y pedimos la selección del menú en un restaurante, informamos nuestra llegada a la casa a nuestros queridos o susurramos "te amo" al oído de nuestros niños a la hora de dormir, estas interacciones tienen algo en común: el lenguaje. Nuestro lenguaje es el motor de nuestras acciones, es nuestra expresividad y a través del lenguaje obtenemos resultados. Este hecho es poderosamente cierto en la enseñanza y el aprendizaje; su esencia es sencilla y su mensaje es poderoso aunque complejo en su implementación.

 

Aprender una lengua, ya sea la lengua materna o una lengua adicional no se concluye una vez lograda la codificación y descodificación de los textos orales o escritos. Y ahí yace la riqueza del lenguaje. Surge entonces la pregunta: ¿lo que leen y escriben los estudiantes realmente fomenta una mayor comprensión del poder del lenguaje? Esta reflexión incómoda pero invaluable nos lleva a analizar nuestras prácticas de enseñanza.

 

Con el lenguaje en el corazón de nuestra labor educativa empezamos nuestra conversación crítica. A través de este trabajo de pensar, consultar e investigar, aprendemos sobre nosotros mismos como educadores y sobre nuestros estudiantes como aprendices de lenguaje. El poder de una narración puede encauzar a los estudiantes en una comprensión más profunda y conceptual. Nos exploramos como autores (hasta los más pequeños autores de cinco y seis años) y esto nos permite demostrar nuestra comprensión de una manera perdurable.

 

Su capacidad de autoría debe afectar nuestra perspectiva sobre los estudiantes de todos los niveles. Los debemos ver como comunicadores capaces con mucho que aportar. Sus voces y opiniones ya son válidas por la simple razón de que pertenecen a nuestra comunidad. Y aunque podemos formar y afinar sus voces así como un profesor de voz entrena para tonos más altos y vibratos más poderosos, la voz única del estudiante está siempre presente y valorada. Debemos extinguir el dicho "calladitos se ven más bonitos.” Hay que desterrarlo y olvidarlo. Lo reemplazamos con la frase “tus ideas me importan y las quiero escuchar.”  

 

De momento la lectura es para disfrutar y entretener. Sin embargo, en otros momentos los géneros de cuentos y las historias mismas pueden utilizarse para lanzar nuestros estudiantes hacia reflexiones y conversaciones más profundas. Igual en momentos la escritura se vuelve una imagen de lo que el estudiante ha aprendido. Pero también escribir alienta a los estudiantes a compartir su preexistente vida interna.

 

Entre más leemos más crecemos, más preguntamos, más indagamos. La lectura construye un lugar de seguridad donde los jóvenes pueden explorarse en el contexto del mundo externo. Los libros son espejos en los cuales nos encontramos. Pero también son ventanas por las cuales nos asomamos para observar personas y lugares distintos a las que nos rodean. Qué manera más poderosa de invitar y enseñar la paz por medio del lenguaje. Cuando escribimos o contamos nuestras propias historias, autores y narradores de tiempos lejanos se convierten en nuestros amigos y mentores. Así que cuando usamos lenguaje expresivo compartimos algo de nosotros y entramos en comunidad.

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