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Qué significa el "No" colombiano al acuerdo con las FARC

6 Oct 2016

 

Sucedió lo que parecía imposible. Aunque, por cierto, no era un resultado imprevisible. Los colombianos le dijeron "no" al acuerdo de paz negociado en La Habana por el gobierno del Presidente Juan Manuel Santos y el liderazgo de las FARC. Por un margen ciertamente estrecho. Sólo fueron a votar el 37,28 de los habilitados para hacerlo. Pero los colombianos convocados que fueron a pronunciarse, no lo aprobaron. Lo que supone que, en su estructura actual, el acuerdo de paz negociado desde el 2012 no entrará en vigor.

 

Las opciones que se abren ante lo acontecido son pocas y parecen complejas. O se renegocian las cláusulas que generaron el rechazo popular o la guerra civil podría reiniciarse y los 5.800 milicianos de las FARC no dejarán sus armas. Sería una tremenda desgracia.

 

La posible renegociación del acuerdo de paz, si ambas partes efectivamente la intentaran, parece una alternativa de final incierto. Las clausulas que -para muchos- parecen conferir no sólo impunidad, sino privilegios excesivos a los líderes de las FARC y son -por ello- objetadas, son precisamente aquellas que esos líderes consideran centrales. Especialmente las que tienen que ver con su responsabilidad por los aberrantes crímenes cometidos contra civiles inocentes todo a lo largo de más de medio siglo. Y con el castigo correspondiente.

 

Los votantes que eligieron el "no" no creen en el liderazgo de las FARC. Evidentemente le desconfían. Y no sin razones. Ni están conformes con las posturas del presidente Santos.

 

 

Además, aparentemente desaprueban lo que creen son concesiones inaceptables hechas a las FARC, que -en su parecer- generan impunidad en favor de quienes cometieron toda suerte de violaciones a las Convenciones de Ginebra, que son de aplicación a todas las partes del "conflicto armado interno" colombiano, por igual. Asesinatos, secuestros, robos, y daños materiales y espirituales de todo tipo. Esas violaciones al derecho humanitario internacional desplazaron de sus hogares a cientos de miles de colombianos, que huyeron desesperadamente de la violencia. Y generaron heridas que, es evidente, aún no están cerradas.

 

Esas conductas delictivas conforman los llamados "crímenes de guerra", que no son otra cosa que "delitos de lesa humanidad" cometidos en esos "conflictos armados internos". Imprescriptibles, en consecuencia.

 

Muchos colombianos aparentemente creyeron que el costo que se les pedía pagar por la paz, no la aseguraba. Para ellos, los líderes de las FARC lograron negociar un trato que, creen, no se condice con la enormidad de sus crímenes. Y lo rechazaron.

 

Es posible que, además, haya influenciado el hecho de que el otro movimiento guerrillero marxista, el ELN -más cercano a Cuba que las propias FARC- no hubiera formado parte del acuerdo de paz, lo que impedía suponer que las armas se iban, de una vez, a silenciar realmente.

 

Las encuestas, es cierto, se equivocaron en sus predicciones. Lo que, en Colombia, no es demasiado inusual. El Papa Francisco, en cambio, fue bastante más cauto y aseguró hace muy pocas horas, desde la prudencia, que visitaría a Colombia tan sólo luego de que "la paz estuviera blindada".

 

El presidente Santos, que había manifestado abiertamente que el acuerdo de paz no tenía un "Plan B", tardó en reaccionar. No obstante, lo sucedido era por cierto posible y seguramente ha sido analizado por ambas partes como eventualidad. Juan Manuel Santos es ahora el gran responsable de encontrar nuevos espacios que permitan mantener la esperanza de alcanzar la paz para Colombia, así como de definir los tiempos que ahora se abren.

 

La lucha por la paz no debe abandonarse. Nunca. El ex presidente Álvaro Uribe, cuyo padre murió asesinado por las FARC, cosechó el resultado de su insistente campaña por el "no". Y salió fortalecido. Porque interpretó el sentir de buena parte de su pueblo. No obstante, si las conversaciones de paz logran re-encaminarse, debería jugar en más un papel positivo. La paz es demasiado importante como para resignarse a dejarla simplemente en el tintero. Y regresar a la violencia.

 

De nada valió que el presidente Santos redujera el umbral electoral del 50% que requiere un referendo, al 13% posible en los ejercicios plebiscitarios. Hasta en las ciudades el desacuerdo de los colombianos con su propuesta fue grande. El mal tiempo, que azotó las costas del Caribe, contribuyó a que el contingente de votantes no fuera mayor, aunque lo cierto es que nada asegura que pudo haberse obtenido un resultado diferente si el clima hubiera acompañado.

 

Para América Latina es momento de apoyar una renovada búsqueda de la paz, abriendo para ello los caminos que sean necesarios, apoyando y acompañando al gobierno de Colombia si las partes deciden no cerrar sus conversaciones, pese a lo sucedido.

 

Es cierto que la paz tiene costos. Pero queda visto que no siempre quienes sufren en carne propia la tragedia de la violencia están dispuestos a aceptarlos en silencio. Particularmente si perciben que se deja de lado a la justicia. Esa sensación parece haber empujado a muchos de los que al final decidieron votar en contra de una propuesta de paz que, para ellos, carece de equilibrio.

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