Contra la pusilanimidad

Existen dos suertes de espíritus: uno geométrico, y otro que podríamos denominar de sutileza, de penetración. Las miradas del primero son largas, lentas, duras e inflexibles. En cambio, el segundo posee una delicadeza, una tenuidad de pensamiento que aplica simultáneamente a las diversas facetas amables de lo que el amor ama. Desde los ojos se insinúa hasta el corazón, por los movimientos y afecciones exteriores conoce lo que acaece en la intimidad callada del corazón.

 

¡Y qué intenso y adorable deleite del amor cuando se poseen esas dos suertes de espíritus generosamente unidos! Porque entonces se posee a la vez la fortaleza y la ductilidad de espíritu, tan necesarias para determinar la elocuencia entre dos personas. Con impropiedad se ha denegado al amor la denominación de razón, y se le ha enfrentado sin justo fundamento, ya que el amor y la razón son una e idéntica entidad. Pero siempre hay una razón, y no se puede ni debe desear que ello sea de otro modo, porque entonces los hombres no serían más que máquinas desagradables. No excluyamos, pues, a la razón del concepto de amor, ya que una y otra son inseparables. Los poetas no han tenido fundamento alguno para pintarnos ciego al amor. Urge arrancarle la venda y reintegrarle la gozosa alegría de sus ojos.

¿Cómo pudieron los nazis haber gozado profundamente con la música de Mozart y a continuación asesinar despiadadamente a tanto ser humano, mientras que él, Mozart, un pobre hombre, un ser ordinario, pero dotado de genio excepcional, nos ofrece su obra para ayudarnos a alcanzar la condición de humanidad?.

Misterio de mi iniquidad: causar a otro un daño innecesario, no amar lo bastante, pues nunca se ama lo suficiente cuando no se tiene miedo de ese infierno. También me doy miedo a mí mismo cuando, al escrutar mi corazón, me veo carcelero de mis propios campos de concentración; cuando, evitando la frontera del mal, me digo resignado: el mundo es así; cuando robo, no siempre dinero, a los que roban a los que no roban, ya sin capacidad para descubrir que esa vasta algarabía de líneas es la imagen de mi cara ante la cal de una pared que nada nos veda imaginar como infinita. Me golpean oleadas de miedo cuando oigo hablar de inteligencia espiritual y de la gracia del silencio, pues ¿acaso no son ciertos silencios peores que una mala peste? Si ese supuesto silencio bueno sabe, eso no se sabe hasta que no se grita.

 

No es un muchacho excelente aquel que nada dice, sobre todo con la que está cayendo; demasiado gozo del silencio ante el cadáver en descomposición del mal acusativo. Se nos dice que la inteligencia espiritual es ciencia, pero ¿qué entiende por ciencia esa pretendida nubecita del no-sa-ber, pío pío, que nada sabe hacer, tras cuyo telón de acero reina un real no querer? La ciencia de la inteligencia espiritual –dicen sus defensores- se compone de silencio más no saber, pero sólo el aturdido se adhiere a esos nirvanas en un mundo que agoniza, y por eso repito con Pascal que “es sólo por no saber conocer el bien y estudiar el presente por lo que nos hacemos los entendidos para estudiar el porvenir”.

 

La recitación tántrica que no mueve un dedo contra el mal, que no comparte tiempo y dinero contra él, ¿qué lucha es? Ecumenismo vacío, encanto sin alteridad, confusión del Reino de Dios profético con el reino del no –ser oriental. Penitentes del diablo, les hubiera llamado Tertuliano. Tengo miedo a no compartir la revolución exterior, a contentarme con indignaciones retóricas y lagrimitas de cocodrilo sin morir por ellas, mientras me labro una famita de militante comprometido, comprometido tan solo con la vanidad de parecer lo que no soy. Cada piedra de miedo hace pared de miedo pero, si queremos perder el miedo a volar, para volar echemos raíces en los días buenos no olvidando los días malos, y en el día malo recordando al día bueno.

 

Todo el oficio del Adviento infunde valor a los pusilánimes, y con frecuencia se reza en él esta sentencia de la Escritura: “Decid a los pusilánimes: buen ánimo y no temáis, mirad a vuestro Redentor que viene”; y actualmente se dice en las Vísperas: “Tomad nuevas fuerzas y desechad todo temor, he aquí nuestro Dios que viene para socorrernos y salvarnos”. Hacen faltas grandes místicas en la calle, como Louise Michel, para sacudirse tanto miedo de encima: “Esta profetisa atea, esta mujer de una piedad medieval en la escatología del hombre sobre la tierra, ha ejercido mejor que nadie las virtudes teologales de a fe, de la esperanza y de la caridad. A las cuales hay que añadir las virtudes laicas de la solidaridad y de la justicia” Con gente así no sentimos haber arado en el mar. ¡Ah!, y cuando usted tenga hijos, crea en Dios Padre.