LOS COMCAAC, HABITANTES DEL MAR Y EL DESIERTO

 

Hace ya algún tiempo vi un documental que me llamó mucho la atención. Trataba de un “grupo indígena” que habita las costas desérticas del estado de Sonora, conocido como los “seris”. A diferencia de los pueblos originarios del centro de México, caracterizados por ser agrícolas y sedentarios, ésta era una “etnia” dedicada a la pesca, caza y recolección, y semi-nómada hasta hace no muchas décadas.

Una de las entrevistas de dicho documental, realizada sobre una pequeña embarcación en la que los “seris” se adentran en el Mar de Cortés para pescar, fue de gran impacto. En ella un pescador hablaba acerca de cómo los “seris” conciben al medio en el que viven. “Decía que para ellos la Tierra es un ser vivo, al cual adoraban y reverenciaban, porque les daba alojamiento y sustento; que el desierto, cubierto por matorrales y sahuaros, era su piel, y que el mar sobre el que navegaban en pos de alimento era la sangre de este gran ser”. Esta interpretación del mundo significaba,  una alternativa a la visión occidental que ha desacralizado a la naturaleza, que ha provocado la destrucción de la misma, y que nos está llevando, como civilización, a un colapso ambiental. 

 

Desde entonces surgió  el interés por conocer más acerca de esta “etnia”. Al paso de los años aparece la oportunidad de participar como observador en un proyecto arqueológico en el Cerro de la Máscara, en El Fuerte, Sinaloa, municipio colindante al estado de Sonora. Los directores de dicho proyecto trabajaban en el Centro INAH de ese estado, por lo cual pude conocer sus instalaciones, en la ciudad de Hermosillo. Ahí, mis deseos por saber más acerca de los “seris” se cumplieron.

Un día llegaron al Centro INAH unos seis o siete “seris”. Eran una pareja de avanzada edad, un joven de unos 25 años y otra pareja con sus hijos pequeños. Los jóvenes medían más de 1.80 de altura, algo que me llamó mucho la atención. Pensé en ese momento que esta diferencia de altura con los pueblos originarios del centro y sur de México seguramente se debe a su tipo de alimentación, rica en proteínas por los recursos marítimos.

 

Los “seris” van regularmente a Hermosillo a vender sus artesanías, y de paso visitan a los antropólogos del Instituto, con los cuales han establecido relación de amistad debido a las largas jornadas de trabajo de campo en su territorio. Llevaban consigo unas pequeñas canastas o “coritas”, que son reconocidas por los antropólogos, por su tejido cerrado que es capaz de contener agua, sin que ésta se escurra, y que en algunos rituales pueden ser de gran tamaño. Llevaban también unos collares de colores con pequeñas bolsas colgantes bordadas con elementos marinos tales como tortugas, y rellenas de hojas de salvia. Estos collares son utilizados como protección, ya que a esta planta aromática se le atribuye la virtud de alejar las malas energías. El señor de avanzada edad también vendía un pequeño botón de color café, el cuál decía que era el ojo de un calamar. Le pregunté que cómo sabía que era eso, a lo que esbozando una pequeña sonrisa me contestó: “Yo vivo en el mar”. Esto último me permitió ver la profunda relación que los “seris” mantienen con el medio que habitan.

 

Algo que también pude descubrir en esos días fue que ellos no se denominan a sí mismos como “seris”, sino “comcaac”. Al preguntar por el significado, un colega comentó que esa palabra, en su idioma, significa “la gente”. Esto es un reflejo de su búsqueda por mantener su autonomía. Esta situación me recordó a una gran cantidad de pueblos originarios que luchan por mantener el derecho de nombrarse a ellos mismos, entre ellos los rarámuri (tarahumaras), ñañú (otomíes), purépechas (tarascos) o yoremes (mayos). También supe que la lengua comcaac es un misterio para los lingüistas, puesto que no está relacionada con las demás lenguas de la región y su origen permanece desconocido. Me decían los especialistas que era como el euskera o vasco en España, del cual se desconocía hasta hace poco su proveniencia.

 

La esposa del señor que traía el ojo de calamar platicaba que cuando llegan las ballenas jorobadas a tener a sus crías, en el Golfo de California, ellos iban a cantarles. También había visto en una fotografía que cuando llegan las tortugas a desovar a la playa les hacían un ritual, en el que cantaban y bailaban alrededor de ellas. Platicando con uno de los antropólogos que se han dedicado a estudiar esta cultura, me decía que para ellos las ballenas y las tortugas también son comcaac, y que no existía esta diferenciación entre humano y animal, propia de nuestra cultura occidental, ni la superioridad que conlleva.

 

Desgraciadamente, la cosmovisión de los comcaac ha estado desde hace algunos siglos en peligro, debido a la penetración occidental, y actualmente su territorio, que da sustento a sus creencias e ideología, se encuentra más amenazado que nunca. La Isla Tiburón, la más grande de México y territorio sagrado para los comcaac, se encuentra paulatinamente abierta al turismo internacional, después de haber permanecido intacta. El Golfo de California, el cual alberga uno de los yacimientos más grandes de gas natural en el mundo, está siendo perforado por kilómetros de gasoductos que están afectando irremediablemente sus ecosistemas, y la población comcaac, que no rebasa los 900 y que está confinada a dos asentamientos (Punta Chueca y El Desemboque), está siendo afectada cada vez más por el mestizaje; sin embargo, muchos de ellos se siguen aferrando a su cultura. Un ejemplo de ello es el grupo de rock Hamac Caziim (Fuego Sagrado), el cual, a través de instrumentos no tradicionales, reproduce los cantos sagrados de sus antepasados.

 

Por Olegario Batalla Coeto