Cultura, arte y economía

Luis Felipe Lomelí

 

Ningún texto debería de vincular estas tres palabras. Son redundantes. Cuando una persona siembra una hortaliza -la cuida, la cosecha, la intercambia- hace uso de los conocimientos históricos de su comunidad, los incrementa, tiene más de una experiencia estética (cuando se da la primera flor, cuando mira la polinización que llevan a cabo los insectos…)  y forma parte del intercambio de bienes y servicios.

 

Pero cuando se habla de economía, en nuestro tiempo, se tiende a soslayar el trueque. Cuando se habla de arte, a minimizar las experiencias estéticas vernáculas, individuales. Cuando se habla de cultura pareciera que hay una suerte de segregación entre culturas de primer orden y culturas atrasadas o retrógradas. Y, en cualquiera de los casos, todos los servicios que no sean tasables monetariamente suelen caer en el desdén más absoluto por todos aquellos que dicen dedicarse a fortalecer la cultura, el arte y la economía.

 

Aquí entran dos conceptos de difícil aprehensión: el progreso y las externalidades. El progreso es una teleología, un deseo de un futuro mejor. Y las externalidades son todo aquello que no se puede medir con precisión en un momento dado pero que, a futuro, pueden afectar positiva o negativamente a una sociedad y a su entorno.

 

            Así, pensar en el progreso y evaluar las externalidades minuciosamente, con detenimiento, habrían de ser una sola práctica durante la generación e implementación de políticas económicas, culturales y artísticas. No obstante, esto no sólo es difícil de llevar a cabo metodológicamente en el día a día sino que entra en conflicto la forma en que solemos desear ese progreso, ese futuro mejor, con la forma en que solemos vivir la inmediatez sin querer analizar ni el riesgo ni querer asumir los “costos” de todo aquello que no produce riqueza contable en el cortísimo plazo.

 

            Esto es una dicotomía en el sentido clínico, una disonancia cognitiva, una incongruencia entre el discurso y su práctica. Por lo tanto, quedarían dos opciones. Primero, tener la madurez para aceptar que nuestro discurso del progreso es un cuento de hadas, mera propaganda o un paliativo para calmar nuestra conciencia pues, en realidad, ni nos preocupan ni la cultura ni el arte de nuestra comunidad ni tampoco, de cierto, la sustentabilidad económica (ecológica) a largo plazo. O, segundo, asumir que los proyectos, programas e industrias del arte y la cultura –en sus sentidos amplios, y también los económicos en su sentido ambiental—tienen que dejar de ser maniatados por la máxima de la ganancia económica inmediata.

 

            Dicho en ranchero, si se quiere invertir en arte y cultura, que se invierta. Las ganancias, ésas que no se cuentan en dinero, son impredecibles. Igual que es impredecible saber cómo le cambia la vida a un niño tener la experiencia de sembrar una hortaliza.

 

 

 

 

 

 

"El emigrante"

—¿Olvida usted algo?

—¡Ojalá!

 

Microrrelato,  2005.

 

 

 

 

 

 

Dr. Luis Felipe Lomelí

Premio Bellas Artes "San Luis Potosí". Premio Latinoamericano de Cuento "Edmundo Valadés"  y  Premio Nacional de Literatura "Gilberto Owen" 2017 por su libro de cuentos Perorata.

Twitter: @Lfelipelomeli